sábado 4 de julio de 2009


jueves 30 de abril de 2009

La puntualidad de Scott....

"Permítame decirle algo acerca de los ricos: son diferentes de Ud. y de mí. Poseen y disfrutan temprano en la vida y esto tiene un efecto en ellos: los hace blandos donde el resto de nosotros somos duros. Y cínicos donde somos crédulos; y todo esto de un modo difícil de entender si no se ha nacido rico"
»Están persuadidos, en lo profundo de sus corazones, de que son mejores que nosotros, justamente porque las compensaciones y refugios de la vida han sido cosas que hemos debido descubrir por nuestra cuenta. Y aun cuando lleguen a penetrar en nuestro mundo, e incluso arrastrarse por debajo de nuestra propia abyección, seguirán pensando que son mejores que el resto de nosotros: son diferentes».
Scott Fitzgerald.

miércoles 29 de abril de 2009



.... aunque no es una obra maestra, ciertamente se las trae esta novelita del ilustre dipsómano F. Scott Fiztgerald. Yo resumiría esta obra con otro título :El hombre que quiso rumbear (y que me perdone Kipling por la chapucera paráfrasis). La historia de un cándido arribista, mezcla de Howard Hughes con Hugh Hefner (Gatsby no bebe, pero si fuma y baila pegao), que organiza rumbas memorables a ritmo de Jazz en su fastuoso palacete de Long Island, con el fin de recuperar a su "one and only love", una rubia niña rica llamada Daisy Buchanan (en este aspecto, me remitió a un personaje de "Los detectives salvajes", que planteaba que a una chica se le puede conquistar con un poema, pero no con un movimiento poético). Les aconsejo leer el libro antes de ver la película. En la película no van a toparse con esta maravilla :"No hay fuego ni lozanía capaz de desafiar a lo que un hombre es capaz de almacenar en su fantasmal corazón"
(del foro de ReLectura)
Cesar Nuñez

lunes 27 de abril de 2009

Sobre el encuentro con La escritora Marinoni.

Esta foto es encantadora parece un suburbio del bajo Manhattan. Así y todo nos pareció fascinante esta tertulia al aire libre...

Equipo de lectura: “El lector interrumpido” 23 de abril de 2009.
Presentes en el café: Miriam Marinoni, Nelson Cordido, la invitada especial, Carmen Vincenti, Eurídice Zamora.


Si tuviera que poner en lugar de título, una frase comprimida de esta tertulia con la escritora Miriam Marinoni, sería : ¡un encuentro sugestivo! Cuando llegó a su fin, los integrantes del equipo de lectura urbano: ‘El Lector Interrumpido’, echamos de menos este rato grato y estimulante por parte de una escritora que desde el primer contacto mostró cuan responsable y querible sería su encuentro con nosotros. El libro fue imposible conseguirlo. Miriam le hizo copia, y muy atenta nos concedió este momento sobre Gatsby. Fue puntual al alertarnos que su especialidad es la literatura latinoamericana. Sin embargo dió un aparte para nuestro grupo de lectores. ¡Muy agradecidos!

Cada vez más nos damos cuenta de que el encuentro con un escritor está sobre todo lleno de una mirada del mundo distinta a la que nos da el mundo corriente, y cuando nos acercamos a un libro, y tenemos la dicha de toparnos con un escritor, nos damos cuenta que con leer un libro no es suficiente, o al menos queda una porción que llenar: hablar con un testigo de la escritura.

Con Miriam Marinoni entramos al mundo de Scott Fitzgerald, su contexto, y “El gran Gatsby”. Marinoni extrajo lo que de mito griego tiene, lo que de “La Cenicienta” y “El patito feo”, en fin lo que está detrás de la estructura del texto, el jazz tan recurrente en su superficialidad, que constantemente roza esta obra (Jazz: sexo, música y baile) Carmen Vincenti acotó sobre la relación entre El gran Gatsby” y “Eros y Psique” de Apuleyo. Con Marinoni charlamos en breve del submundo de la mujer que escribe, de cómo es que ella se acercó a la escritura y las maneras de las que se valió para aprender la letra a pesar del desapoyo.

Para todos los que nos encontrábamos aquella noche, menos yo, “El Gran Gatsby” no sorprendió. A mí me encantó, estupenda me pareció. (montones de frases hechas a mi medida) No he visto el film que la llevó a la fama (la fama también es superficial), pero dudo que pueda ganarle. Por ello va este párrafo, sin duda Scott le dió prestancia. De Gatsby el gran anfitrión, Scott alguna vez uso esta frase que me encantó, como preámbulo a la superficialidad hecha palabra:

‘Esbozó una sonrisa comprensiva: mucho más que sólo comprensiva. Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro ó cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarte en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor. Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar…..’
Eurídice Zamora


El encuentro con Miriam Marinoni y con Carmen Vincenti, invitada especial, estuvo envuelto en un clima mágico, iluminados solamente por la vela que estaba en la mesa al aire libre del Café Arábica, lugar que ya se ha convertido en oficial para los encuentros del Lector Interrumpido.
Miriam en un excelente análisis de El gran Gatsby nos hizo notar algunos aspectos que quizás habían pasado desapercibidos como por ejemplo: la burla sutil y exquisita de Fitzgerald a la alta sociedad newyorkina de la época, frívola, que se aburría pero no era capaz de dedicarse a actividades que enriquecieran el espíritu humano. Y Gatsby con esas grandes fiestas en las que casi no participaba y con invitados a los que no conocía, tratando de llamar la atención de su vecina, su eterno amor.
El gran Gatsby junto con Manhattan Transfer del también escritor de La Generación Perdida, John Dos Pasos, son las obras que probablemente mejor reflejan el materialismo de la sociedad norteamericana justo antes de la Gran depresión.
Gracias a Miriam y a Carmen por tan agradable velada
Nelson Cordido Rovati

domingo 26 de abril de 2009

El jueves 23 en el Café con Miriam Marinoni y Gatsby

Mañana, nuestras notas sobre este encuentro.


miércoles 22 de abril de 2009

Miriam Marinoni (click sobre el texto)

Sobre él. (para leer bien, haga click sobre el texto)



miércoles 18 de febrero de 2009

Próximo Escritor:



Próximo libro:



Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 24 de septiembre de 1896 - Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940)


Francis Scott Fitzgerald y Zelda

domingo 31 de agosto de 2008



El corazón de las tinieblas
, de Joseph Conrad.

“Cuando alguien llega aquí, usted lo sabe, no es para contemplar la luna


Hay mucho que apuntar sobre esta “aventura”. Conrad se puso encima de un lugar escalofriante y nos permitió hurgar en el todo débil trozo del ser humano. El protagonista atraviesa un río a contracorriente, y en la búsqueda por su parte restante, encuentra sus restos viles. Uno no hace sino compararse con estos sufrimientos, tan vivos como si se estuviera en aquella misma selva, en aquella maltratada África y en aquellos cercanos tiempos. Cuando aun no llega a la jungla final dice:
“un necio con puro miedo y finos sentimientos está siempre a salvo”
Marlow aspira toda aquella atmósfera de infierno, pero no llega a tocarla.

Conrad pone contra la pared -sin preparar instructivo alguno- al hombre de poderes absolutos, lo cuelga en entre dicho, sea éste un führer alemán de mediados del siglo XX, un duce italiano, un dictador español, o un caudillo latinoamericano de estos tiempos puesto por la gracia de Dios.

Cuando Marlow llega al final, y se topa con el rostro de Kurtz, la tiniebla se vuelve más tiniebla, la sospecha de su final se torna real, y su muerte no se hace sino necesaria…
‘vivimos como soñamos…solos’

eurídice zamora

lunes 4 de agosto de 2008

El encuentro con Rodrigo Blanco Calderón

Silvia, Cesar, Rodrigo, en el café Arábica. Nelson y Eurídice estan del otro lado de la foto.



El corazón de las tinieblas es la quinta de las novelas de Joseph Conrad, escrita justo a finales del siglo XIX. Recoge en cierta forma la experiencia personal del autor en un viaje que realizó al Congo en 1890 y que no olvidó fácilmente.


Marlow les cuenta a un grupo de personas en la desembocadura del río Támesis, justo a la hora crepuscular, acerca de su viaje al África en busca de un agente comercial llamado Kurtz que enviaba a la empresa enormes cantidades de marfil. El viaje resulta una verdadera Odisea, donde sutilmente Conrad proclama la hipocresía del imperialismo aunque sin tomar abierto partido hacia los africanos, saltando del horror a la locura.

Rodrigo nos deleitó con sus impresiones e interpretaciones llevándonos a reflexionar sobre aspectos de la obra que muchos de nosotros no habíamos percibido en la primera lectura: Cómo el río es el hilo conductor del relato pero en sentido contrario a la corriente, como si fuese un viaje al pasado. O como la maldad y el bien están tan cerca justificándose simplemente con una idea. Al final de la tertulia salimos convencidos de que debíamos leer una vez más la obra y ver de nuevo la película Apocalipsis Now (Francis Ford Coppola 1979), basada en la novela de Conrad.

Nelson Cordido.
26 de julio del 2008- Arábica café.




Sobre el encuentro con Rodrigo Blanco y "el corazón de las tinieblas" 26 de Julio 4:30 pm café Arábica

Por “el lector interrumpido” estuvimos: Silvia Marín, Nelson Cordido, Cesar Nuñez, Eurídice Zamora.

El encuentro con Rodrigo fue toda una tertulia, tan es así que él no dudo en que la conversación empezara por los lados de uno de nosotros. Pues una tertulia no pretende ser una clase, ha de quedar como un encuentro grato, sin olvidar que ello nos llevará por las rutas de la reflexión, búsqueda inequívoca de toda lectura. Sin embargo “el corazón de las tinieblas” amerita palabras graves como Infierno, lo que le otorga a la tertulia el matiz de una cátedra. Marlow presencia el descenso al infierno sin tocarlo. En palabras de Rodrigo: “Marlow da como un pasito atrás, y no toca el infierno. Mientras Marlow sigue la contracorriente del río, comprende cada vez menos, tiene miedo a lo extraño, sabe que está entrando en otra dimensión, sin embargo tiene la fascinación de la no comprensión.” El tiempo es un río que no pasa, y es que el río es un factor indispensable en esta novela. Toda ella es un viaje al pasado. El pasado está en el presente, pero en la periferia de la ciudad, por eso el rio esta allí, permanece en todo el trayecto, para permitirnos ver esa contradicción con claridad. Lo descriptivo en Conrad, es más moral que puntual.
La ideología de Kurtz, el malo en esta historia pregona: “todo lo justifica una idea” . Es la ideología del colonialismo, del imperialismo, del lider político, de la gente alucinada. El mal como centro. Conrad se anticipa al nascismo, pues la escribe unos cuarenta años antes de la hegemonia Hitleriana. Su critica se dirige hacia la verdad impuesta en en contra de la verdad descubierta. Sin embargo, Conrad no cae en una moraleja. Supongo que por aquello de que su alter ego, Marlow, no lo hubiera permitido.

Gracias a Rodrigo Blanco y a ReLectura por esta invalorable tertulia.


Eurídice Zamora.

jueves 3 de julio de 2008

Próximo escritor invitado: Rodrigo Blanco Calderón, Próxima lectura: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.

domingo 27 de abril de 2008

tuvimos un encuentro con la fascinante moby dick





Sobre el encuentro con Roberto Lovera De Sola.
Lectura Moby Dick, de Herman Melville.

Todo comenzó a las 4 pm. Roberto Lovera nos sorprendió a todos. Además de los lectores interrumpidos que asistimos a esta tertulia (Silvia Marín, Keyla Vergara, Ana Aquino, Nelson Cordido, Eurídice Zamora) Lovera de Sola, invitó a sus amigos del circulo de lectores de la fundación Herrera Luque. La verdad es que hablar sobre algo grande, al menos merece ser escuchado en grande. En ese cafetín citadino flotamos en la mar por unas horas. Nos sentamos en la proa y en la popa de un barco a la intemperie, cercanos a los mástiles, con oleaje en mar picado a veces, y apacible otras. Moby Dick quiere decir mil cosas, nos recordaba con alegría Roberto a cada instante. ¿Es un viaje interior? Esta ballena además de blanca, histórica y universal es el mapa donde el ser humano se reconoce a sí mismo. La ballena no es lo que mata al capitán Ahab, es él mismo el que se ata a ella y se sumerge en lo más ignoto de la monstruosidad. Como todo libro clásico, este es un libro infinito. Y, Roberto nos preparó un cuidadoso texto sobre Moby Dick, sobre su escritor Melville, su época, sus amigos, su abandono por parte del suelo que piso.... Todo Moby Dick es un viaje a la derrota.

Lo que hay de ficción en torno a este monstruo de una sola cabeza, no va por los caminos del documental, no es en fin, el testimonial de un capitán al acecho por un ente corpóreo de grandes proporciones, ni de un Ismael contador de la historia que le toco pisar aquella embarcación, en sus palabras: "llamadme Ismael.....ya es tiempo de hacerme a la mar. "Es" la aventura del vivir que siempre desconoceremos a ciencia cierta.
Tertulia marina y maravillosa, al final llegamos a puerto....

Cuando todo terminó, y quedábamos algunos de los integrantes de ambos grupos, cuando ya era oscuro, Roberto nos seguía emocionando con sus libros predilectos.
A Roberto Lovera y ReLectura, mil gracias.

EE Zamora
27 de abril del 2008


el viaje como metáfora de búsqueda


A lo largo de la historia, el viaje ha sido tema de ficciones y grandes relatos se han escrito que describen los más variados periplos que cualquier escritor haya podido imaginar. De este modo, encontramos ejemplos en la literatura que dan cuenta de este hecho, tales como, Los viajes de Gulliver, Ulises, La vuelta al mundo en 80 días, Viaje al centro de la tierra y el caso que nos ocupa, Moby Dick.
Al leer sus páginas, quedamos deslumbrados por las magistrales descripciones que hace Melville, no solo del mar, sino también, de las circunstancias sociales y culturales con las que construye la trama. En este sentido, el crítico literario Harold Bloom, llegó a afirmar que Moby Dick representaba “el paradigma novelístico de lo sublime”, porque en ella encontramos todos los elementos que descubren el alma, la soledad, el desasosiego, la búsqueda.
Y si tratamos de interpretar lo que simboliza Ismael, nos encontramos con la figura del navegante que intenta llegar a un puerto, con sus vivencias a cuestas. Para decirlo en palabras de Damaris Calderón, poeta cubana, “la figura del navegante es la del batallador épico, del buscador solitario que no espera encontrar nada. Lo que restringiría la grandeza y el alcance de la búsqueda, cuyo impulso es la búsqueda misma, el espíritu libre, solo y desasido”. Ismael se embarca, inicia su viaje y espera un encuentro que le devuelva la fe.
De esta forma, todos los que decidimos asistir al Café Arábiga el sábado 26 de mayo, hicimos un viaje, un largo recorrido bajo la firme conducción de Roberto Lovera De Sola, capitán sin par, quien nos guió en esta hermosa aventura, al encuentro con la gran ballena.

Ana Aquino

sábado 26 de abril de 2008

hoy es la tertulia sobre Moby Dick, el poderoso escritor que la parió, Herman Melville, con Roberto Lovera De Sola

domingo 6 de abril de 2008

Y, vimos el Moby Dick de John Huston de 1956 en casa.



Con Gregory Peck, y sobre todo con Orson Welles como el padre Mapple.

lunes 31 de marzo de 2008

moby dick-la película de huston


El guionista necesita librarse de la novela porque si no la película será sólo una ilustración y no algo por sí mismo.
Jean Claude Carrière

jueves 13 de marzo de 2008

El escritor invitado para el encuentro entre Moby Dick y El Lector Interrumpido: Roberto Lovera De Sola, autor de ReLectura

jueves 6 de marzo de 2008

algunos datos sobre Herman Melville:


Nueva York, 1 de agosto de 1819 - 28 de septiembre de 1891.
Escritor estadounidense, escribió novela, ensayo y poesía. Una de las principales figuras de la historia de la literatura. A los diecinueve años, descartando la posibilidad de ir a la universidad, comenzó a embarcarse en viajes que inspiraron sus obras, pasando algún tiempo en las islas del Pacífico.
De regreso a Estados Unidos trabajó como profesor y en 1841 viajó a los Mares del Sur a bordo del ballenero "Acushnet". Tras 18 meses de travesía abandonó el barco en las Islas Marquesas y vivió un mes entre los caníbales. Escapó en un mercante australiano y desembarcó en Papeete (Tahití), donde pasó algún tiempo en prisión, antes de regresar a su hogar en 1844.
Escribió sus primeras novelas sobre su experiencia como marino. Al tema del mar corresponden sus obras Mardi (1849), Omoo (1847), Taipi, un edén caníbal (1846) y Redburn (1849), mientras que La chaqueta blanca (1850) relata sus experiencias en el ejército.
Sus primeras novelas alcanzaron rápidamente una gran popularidad y le abrieron las puertas de la fama y el éxito económico, pero un incendio en los talleres de su editor le ocasionó un revés económico que le obligó a trabajar en la aduana en Nueva York.
Después de sus múltiples viajes, decidió casarse y estableció su residencia en Massachusetts, donde cultivó la amistad con el escritor Nathaniel Hawthorne, a quien dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851), en la cual orientó su producción literaria a reflexiones éticas y filosóficas que se manifestaron también en Pierre o las ambigüedades (1852), una oscura exploración alegórica sobre la naturaleza del mal. Moby Dick no resultó un éxito comercial y Pierre o las ambigüedades (1852) fue un estrepitoso fracaso.
La poca comprensión de su público hacia Pierre o las ambigüedades (1852) produjo el descenso de las ventas de sus obras. No obstante, Melville continuó el proceso de creación y decantación de su estilo literario. En este período publicó Israel Potter (1855); el libro de relatos Cuentos de Piazza (1856), en el que se incluyen algunos de los mejores cuentos de Melville como Benito Cereno y Bartleby el escribiente; El hombre de confianza; Timoleón; Los cuentos del mirador; John Marr y otros marinos y Billy Budd, marinero (1891), obra que que le abrió de nuevo las puertas del mercado y le permitió publicar otros escritos inéditos como Diario de una visita a Europa, Mediterráneo oriental, La novia del manzano, Diario de una visita a Londres, Fin del continente, Diario de más allá de los estrechos y Cartas.
Obras: Billy Budd: (Sobre la injusta muerte de un joven marinero). Typee, Mardi, Moby Dick, Omoo, Bartleby, el escribiente: [Relato sobre un oficinista que anticipa los temas e inquietudes del escritor checo Franz Kafka], Benito Cereno: [De angustiosa intriga], Chaqueta Blanca.

martes 4 de marzo de 2008

Cesare Pavese habla sobre Moby Dyck ( texto enviado por Anita Aquino)


CLIC SOBRE ESTE TEXTO.

domingo 2 de marzo de 2008

Nuestra próxima lectura: Moby Dick, de Herman Melville

lunes 25 de febrero de 2008

entrevista a Raymond Carver (texto enviado por Miriam Mireles)


de que hablamos cuando hablamos de minimalismo.



CLICK PARA LEER

domingo 24 de febrero de 2008

y C h é j o v



(partes del texto) La dama del perrito, de Antón Chéjov
...
Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la dama del perrito».

«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.
...
Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste... Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perrito se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.
...
-Parece que necesita usted ser perdonada.

-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!... La curiosidad me abrasaba... Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí... Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca..., y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.
...
Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar.
...
¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?...

-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?...

Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.

viernes 22 de febrero de 2008

...error de cálculo....




Unas lineas del relato de John Cheever, “La geometría del amor” rechazado por The New Yorker (un sábado), el lunes siguiente fue comprado en tres mil dólares por The Saturday Evening Post. 1 de enero de 1973

Era una impostura usual en las esposas de Parque Remsen, donde ellos vivían. Una o dos veces por semana Mathilda se vestía con sus mejores prendas, se ponía un poco de perfume francés y usaba abrigo de piel, y después, hacia el final de la mañana, tomaba un tren que la llevaba a la ciudad. A veces almorzaba con una amiga, pero era más frecuente que comiera sola en uno de esos restaurantes franceses de la calle 60 visitado por mujeres solas. Habitualmente bebía un coctel o pedía media botella de vino. Quería aparecer corrompida o misteriosa – víctima del cruel enigma del amor – pero si un extraño la hubiese mirado fijamente la habría acometido un paroxismo de timidez, y con un sentimiento parecido al pánico habría recordado su hermoso hogar, sus hijos de expresión sincera, y las begonias de su cantero. Por la tarde, asistía a una función teatral o veía una película extranjera. Prefería los temas intensos que agotaban sus sentimientos – o como ella misma decía, que la dejaban “vacía”.

domingo 17 de febrero de 2008


John Cheever, el Chéjov del suburbio rico de USA, Carver el Chéjov del suburbio pobre de USA. Aquí va un trozo de uno de los relatos de Cheever.
The New Yorker, 26 agosto de 1951

....Dejé que se adelantara nuevamente, y caminé detrás, mirando sus hombros y pensando en todas las despedidas en las que había participado. Cuando papá se ahogó, fue a la iglesia y se despidió de nuestro padre. Apenas tres años después llegó a la conclusión de que mamá era una mujer frívola y se despidió de ella. Durante su primer año en la universidad había sido muy buen amigo de su compañero de cuarto, pero el muchacho bebía demasiado, y al comienzo del período de primavera Lawrence cambió de compañero de pieza y se despidió de su amigo. Ya llevaba dos años en la universidad, y llegó a la conclusión de que la atmósfera era excesivamente cerrada, y se despidió de Yale. Se inscribió en Columbia y allí obtuvo su diploma de abogado, pero descubrió que su primer patrón era deshonesto, y al cabo de seis meses se despidió de un buen empleo. Se casó con Ruth en el registro civil y se despidió de la Iglesia Episcopal Protestante; fueron a vivir a una calle retirada de Tuckahoe y se despidió de la clase media. En 1938 fue a Washington para trabajar como abogado del gobierno, y se despidió de la empresa privada; pero después de pasar ocho meses en Washington llegó a la conclusión de que el gobierno de Roosevelt tendía al sentimentalismo, y decidió despedirse. Salieron de Washington y fueron a un suburbio de Chicago, y allí se despidió sucesivamente de sus vecinos, culpables de embriaguez, hastío y estupidez. Se despidió de Chicago y fue a Kansas; se despidió de Kansas y fue a Cleveland. Ahora, se había despedido de Cleveland para volver otra vez al Este, y se había detenido en el Promontorio el tiempo necesario para despedirse del mar.

viernes 15 de febrero de 2008

C A T E D R A L, de Carver



Estamos dibujando una Catedral.....

“Pienso que es bueno que en un relato haya un leve aire de amenaza...Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente.”
Carver


Su tonalidad es muy seca para mi gusto, pero su gravedad lacónica está abarrotada de sabiduría, respuesta a la medida del hombre de hoy, tal vez. Este narrador se mete con un ser a la deriva, con un sujeto profundamente solitario, abandonado a sus ideas, alienado por las devastadoras obligaciones de su clase social, con un individuo que está obligado a cumplir rutinariamente los avatares estrictos de la sociedad. Y se encuentra de frente con las reflexiones nada triviales de Raymond Carver. Es su modo irreverente de decirle a uno que lo piense mejor, que profundice una determinada situación, que no se pierda en su vacua ilusión.

En “Catedral” tenemos un ciego, una mujer, el esposo de la mujer, una mesa servida, whisky, cigarros, un televisor, un sofá nuevo, la alfombra, y una bolsa de papel que hace las veces de base para dibujar una figura. Esto parece una obra de teatro actual donde casi se puede escuchar el eco de un espacio vacío. Sin embargo Carver le está echando en cara a uno, y de una manera contundente, la historia de un hombre sin ojos que está viendo.

Eurídice Zamora

miércoles 13 de febrero de 2008

tres notas sobre el encuentro con federico vegas y carver

Federico Vegas con El Lector Interrumpido.


Caracas, 9 de Febrero de 2008
Lugar: Café Arábica.


Autor motivo de la conversación: Raymond Carver


Asistentes: Euridice zamora, Miriam Mireles, Ana
Aquino, Silvia Marin, Omar Pérez y Nelson Cordido

Federico cubrió brevemente aspectos biográficos de
Carver, enfocándose en la interesante polémica entre
este y su editor Gordon Lish, quién no sólo dio
consejos a Carver sino que reescribió y suprimió
párrafos completos de sus cuentos. Llegó inclusive a
cambiar los finales varias veces.

Al principio Carver aceptaba de buena gana los cambios
ya que su precaria situación económica le impulsaba a
que el editor publicara lo antes posibles sus obras.
Pero con el tiempo esto fue cambiando y Carver
prefería mantener sus escritos tal como los había
concebido, lo que origino fuertes pugnas.

Otro aspecto que enfocó Federico fue comparar a Carver
con sus contemporáneos especialmente con John Cheever.
Resultó muy interesante observar las similitudes y
diferencias entre estos autores.

También habló sobre la influencia de otros autores
sobre Carver entre ellos Chejov y Maupassant

El grupo seleccionó Moby Dick de Melville para el
próximo encuentro


Nelson Cordido.



El sábado 9 de febrero tuvimos la oportunidad de compartir con Federico Vegas, en el café Arábica, la lectura de varios cuentos. Uno de ellos corresponde a Raymond Carver, Póngase usted en mi lugar y, el otro, a John Cheever, El ladrón de Shady Hill.

Pudimos apreciar en la obra de estos escritores que sus temas reflejan el drama y los avatares de la sociedad norteamericana. Los personajes, sumidos en angustias existenciales, tratan de encontrarle sentido a sus vidas procurando que éstas se tornen más llevaderas en la aplastante cotidianidad que los rodea.

Otro aspecto que abordamos en el encuentro, por demás muy discutido actualmente en los medios impresos y en la red, es el referido a la polémica suscitada con su editor Gordon Lish. Se cree que éste es el responsable de muchos cambios en los cuentos de Carver, hasta el punto que se piensa que Lish reescribió algunos de ellos y que el mérito y la fama del cual goza Carver se lo debe a su editor.

También, reflexionamos acerca del rol del escritor en Latinoamérica que se encuentra rodeado por una realidad dura y, cómo muchas veces ésta, compromete su labor.

La reunión transcurrió en una atmósfera agradable donde la proverbialidad y jocosidad de Federico Vegas animó la participación de los presentes. Nuestro invitado nos habló de los maestros que influyeron en estos escritores como Maupassant y Chéjov y así, de una manera sencilla, sin poses intelectuales, hicimos un recorrido por la obra de estos dos grandes de la literatura. Ése fue su acierto.

Ana Aquino




“Hay escritores a los que uno ama y admira pero hay otros escritores que, además, cuando se los lee por primera vez, no se puede evitar sino sentir que le están hablando a uno a través de la caricia de un relámpago fulminante.”
Rodrigo Fresán



Hace unos días presenciamos un encuentro colosal. Un escritor venezolano de estirpe gloriosa, orgullo de este país, tomó un expresso con nosotros, y nos habló de Raymond Carver, de su contemporáneo John Cheever y sus cuentos de “La geometría del amor” con un prólogo invalorable de Rodrigo Fresán, nos acercó a los últimos cuentos de Carver (Tres rosas amarillas) en homenaje a Chéjov, la influencia también de Maupassant, nos empapó sobre aspectos del criterio que suponía Raymond Carver para enfrentar el cuento y su escritura. Cómo se ganaban la vida desde un principio, y cuan profesionales eran tratados los escritores de su talla. Cómo un Truman Capote y otros, tenían una participación activa en revistas de un tremendo perfil literario (The New Yorker, Esquire...) apoyados tal como hoy en día en su oficio de escritor. Comentó sobre el gran Nabokov y su parecido con la estructura narrativa de Cheever, personajes siempre avanzando, siempre en fuga, en movimiento. No faltaron los escritores contemporáneos en boga.

En cuanto a la polémica surgida desde hace un tiempo entre Carver&Lish, agregó que tomáramos en cuenta que la figura del “editor” es una figura ignorada en Latinoamérica, y fundamental en esos países donde la lectura tiene una salida ostentosa. Editar significa cortar, esto es, elegir lo más valioso. Lo más valioso en el criterio por publicar lo que tiene mayor salida. Federico Vegas, nos habló sobre tres etapas en la edición de la literatura de Carver en conjunto con Lish, las primeras dos corresponden a la aceptación completa por parte de Carver por publicar a pie juntillas las ordenes de Gordon Lish. Ya en su última etapa, con los cuentos largos como “Catedral”..... Raymond Carver se vale por entero de su decisión como autor, sus últimos cuentos son editados por completo.

Escuchamos en palabras de Federico, sus costumbres personales de cómo escribe y lee las veinticuatro horas del día. Un escritor sin ningún temor a escuchar nuestras preguntas. Muchos momentos nos quedamos petrificados como los niños, cuando se quedan literalmente con la boca abierta y otras veces fuimos sumidos en carcajadas con sus cuentos, en aquellas mesas unidas por la necesidad de la costumbre para colocar las bebidas, se nos olvidaron las horas de la tarde que comenzaron con una luz y terminaron con otra. En realidad ya era tan oscuro que en aquel café cercano al Ávila, apenas podíamos reconocer el rostro de Federico Vegas. Parecía el ciego del cuento de Carver –la figura sabia en “Catedral”-. Después de estas horas de tertulia, no éramos los mismos....

Nos entraron ganas de participar en una gran aventura, será por eso que tal vez elegimos por unanimidad absoluta que nuestra próxima lectura sería Moby Dick de Melville.

Eurídice Zamora

lunes 11 de febrero de 2008

Contra todos los pronósticos, el sábado se dio la tertulia con FV



ya enviaremos unas notas sobre este encuentro con FV
.
allí estamos: Omar, Silvia, Anita, FV, Nelson, Miriam, Eurídice.

jueves 7 de febrero de 2008

algunas palabras de Ricardo Piglia y el nombre de nuestro equipo/ (para leer el texto, haga clic a la imagen)



Ricardo Piglia en el Celarg Caracas-Venezuela 2007
foto: Eurídice Zamora

miércoles 6 de febrero de 2008

Algunos de los libros de RC

lunes 4 de febrero de 2008

nos reuniremos el próximo sabado 9 con el escritor venezolano FV, para hablar sobre Raymond Carver

jueves 17 de enero de 2008

LA POLÉMICA: Carver, el escritor & Lish, el editor.

'Una de las polémicas literarias más interesantes en la historia del cuento.'



http://www.newyorker.com/online/2007/12/24/071224on_onlineo
nly_carver
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Artículo enviado por Miriam Mireles.
Conversaciones con Raymond Carver
Traducción: Milton Ordóñez


Artículo enviado a ‘el lector interrumpido’ por: Miriam Mireles.
Rafael Arráiz Lucca
El Nacional 21-8-2006

A 30 años de un prodigio


En apenas doce años Raymond Carver alzó vuelo y llegó a ser el mejor escritor de cuentos del planeta. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? se publicó en 1976, y su autor falleció el 2 de agosto de 1988 en Port Angeles (Washington).
Había nacido en Oregon en 1939. No llegó al medio siglo. Hijo de padre alcohólico, él mismo lo fue, mientras educaba a los dos hijos que tuvo, y que confesaba adorar, con una primera esposa recién emergida de la adolescencia.
Su batalla con el alcoholismo culminó en 1977, de modo que su primer libro fue escrito aún entre vapores etílicos. Los que le suceden son todavía mejores que el primero, pero éste le anunció al mundo que un fenómeno del relato había llegado para quedarse.
El mismo año en que dejó el alcohol conoció a su segunda esposa: la escritora Tess Gallagher, quien lo acompañó hasta el momento en que el cáncer de pulmón se lo llevó de aquí. Fue ella la que halló entre los papeles de Carver cinco relatos prácticamente terminados.
Con ellos se publicó Si me necesitas, llámame (2000). Allí están algunos de sus mejores cuentos: "Leña", "Sueños", Vándalos" y el que le da título al libro, acaso uno de los mejores relatos que se han escrito sobre la tierra. Como el lector advierte, no puedo disimular la felicidad que me produce la lectura de sus cuentos: quizás por ello escribo este artículo tan celebratorio que me deja sin resortes críticos.
También quizás por esta misma razón es que he escrito tan poco sobre su obra, apenas una nota sobre un magistral libro de ensayos donde se recogen seis textos memorables: La vida de mi padre (1995).
El lector ajeno a estos temas, al que pretendo seducir para que se interese en ellos, seguramente se pregunta por qué los relatos de Carver pueden ser calificados de obras maestras; en qué consiste su aporte. Mi respuesta es simple: la maravilla que logra Carver reside en que parte del relato sucede fuera de él.
Dicho de otro modo: sus textos son tan sugerentes, tan ricos en posibilidades interpretativas, tan lejanos a la manipulación técnica, que el lector va construyendo el relato a medida que avanza en su lectura. Además, el narrador logra algo que es prácticamente mágico: crea una suerte de inquietud que imanta el relato de manera permanente.
Es como algo que queda reverberando, incesantemente. Pero cuidado, no es la angustia ni la desesperación el centro anímico que trabaja Carver, es algo bastante más complejo y sutil, que no hay manera de explicar con claridad.
En este sentido puede decirse que la experiencia de lectura carveriana es sensorial, además de narrativa y, también, puede ocurrir que el lector desprevenido, acostumbrado a no participar en el relato o avenido a los platos servidos, le resulten desconcertantes estos textos en los que, aparentemente, no ocurre nada, cuando en verdad está ocurriendo de todo, en los que la condición humana está en plena efervescencia.
La crítica literaria, que al organizar suele reducir, ha ubicado la cuentística de Carver dentro del universo del minimalismo, lo que es cierto, pero no basta con ubicar en esa gaveta a sus cuentos, que van mucho más allá y abren otras puertas y se conectan con otras fuentes.
Por ejemplo, la lectura que Carver hace de Santa Teresa no es gratuita, tampoco lo es que cierto espíritu místico lata en su obra.
Quizás sea esta actitud, como de alguien que camina sobre vidrios, la que conduzca a una escritura tan alejada de los lujos verbales, tan tejida en conjunto, tan lejana a la frase impactante, a los fuegos artificiales.
Casi no hay oraciones extraíbles por memorables en sus cuentos: su apuesta es al tejido, al clima, al eco, a la extraña inquietud que siembran las palabras.
Es evidente que el proceso de reescritura es rey en la obra de Carver. Detrás de sus cuentos perfectos, donde no sobra ni falta una coma, el autor redujo, cambió, volvió a pulir hasta que llegaba a la nuez desnuda de sus historias. No puede ser de otra manera.
Quizás por ello nunca escribió una novela, aunque él se lo atribuía a la presencia de sus hijos pequeños: "Las circunstancias de mi vida con esos niños dictaban otra cosa. Decían que si quería escribir algo, y terminarlo, e incluso que si quería sentir alguna satisfacción con una obra concluida, tenía que limitarme a cuentos y poemas."
Así fue, y también logró lo que se proponía: "Es posible, en un poema o en un cuento, escribir sobre cosas y objetos comunes y corrientes usando un lenguaje común y corriente pero preciso, e impartirles a esas cosas --una silla, una cortina, un tenedor, una piedra, un arete de mujer-un poder inmenso, incluso perturbador".

Films basados en obra de Carver.


http://www.vertigofilms.es/jindabyne/

Esto se ha llevado al cine, basados en la obra de Raymond Carver:

1. Jindabyne (2006) (short story "So Much Water So Close to Home")
2. Everything Goes (2004) (short story)
3. Du bois pour l'hiver (2004) (short story)
4. C'était le chien d'Eddy (2003) (short story)
5. Cathedral (2002) (story)
6. Studentova zena (2000)
7. What We Talk About When We Talk About Love (2000) (short story)
8. Bailar sobre agujas (1999) (story)
... aka Dancing on Needles (USA: video title)
9. Prach (1999) (short story Cathedral)
10. Autumn of the Leaves (1995) (story)
11. Perdón? (1995)
12. Short Cuts (1993) (writings) dir. Robert Altman 1993
13. Nos veremos mañana (1993) (story)
14. ...They Haven't Seen This... (1988) (short story "Why Don't You Dance")
15. Feathers (1987) (story)

viernes 4 de enero de 2008

Sobre: TRES ROSAS AMARILLAS, de RAYMOND CARVER



diciembre 11, 2007 / escribió: Daniel, Lima Peru del blog http://whiskydoble.blogspot.com
Tres rosas amarillas, de Raymond Carver

Dice Arquíloco: "El zorro sabe muchas cosas pequeñas, el erizo solo sabe una, pero es una cosa grande". Y entonces me doy cuenta inmediatamente, que la grandeza tiene poco o nada que ver con la complejidad. Quizás es más una cuestión de desgaste. Supongo que hay autores que son como el erizo. Pero también hay algunos que son como el zorro. Y lo más interesante, hay algunos que son como el zorro precisamente porque no desean o no se sienten capaces de internarse en la totalidad, en el absoluto, en lo deslumbrante.

Nunca he sido fanático ni del naturalismo, ni del realismo, ni del costumbrismo ni de ninguna clase de obra lineal. No estoy seguro de por qué. Quizás amo el caos, o quizás son simples ganas de dar la contra. Pero cuando una obra sobrepasa cualquier clase de prejuicio o concepto general, sabes que estás frente a una gran obra. Y sin duda alguna, Tres rosas amarillas es uno de los trabajos más pulcros, limpios y brillantes que he encontrado en mucho tiempo. Y lo mejor de todo es que no brilla con un pasmo deslumbrante, sino que va sorprendiéndote de una manera sutil y humana. Humana en el sentido de que parece escrita, justamente, por un mortal cualquiera, como si no se necesitara ser un gran autor para haber construido esos siete maravillosos cuentos que componen este volumen. Pero la realidad es que Carver era un autor brillante, que quizás incluso llega a rozar la genialidad. Basta con leer "Quienquiera que hubiera dormido en esta cama" o el cuento que le da título al libro y que es una verdadera obra maestra, donde se narran los últimos días de Chéjov. Sobran palabras. Cualquier añadido a Carver es una palabra de más.

Seguidor del realismo de Chéjov (lejos de los malabarismos impresionantes de Flaubert), se podría decir que Carver es más bien un escritor de modesta lucidez, un escritor que no trata de deslumbrarnos sino que nos cuenta una historia maravillosa como si no conociera su valor. Ilusión absolutamente falsa, claro, porque basta con mirar de cerca para descubrir que cada línea ha sido pulida hasta su máximo esplendor y forma, pero de una manera tan minuciosa y natural, que al ojo menos experimentado resulta absolutamente invisible. Y ahí se sitúa este tipo de liteartura: donde se encuentran temas donde nadie busca temas; donde los personajes no son héroes ni villanos; donde no se busca una gloria ajena al mundo, sino por el contrario, se abraza la humanidad con absoluto rigor, una humanidad que finalmente nos recuerda el tedio y la sencilla mortalidad de la vida cotidiana, en contraposición contra la perfección o la inmortalidad a la que aspiran esos autores que, al igual que el erizo, solo saben una cosa, una cosa grande.

"A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de una 'visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan'."

lunes 17 de diciembre de 2007


Carver:
Estudios superiores y ediciones de todo tipo.

Cuando Raymond Carver tenia veinte años, tomaba clases en California de escritura creativa bajo la dirección de John Gardner. En 196O funda y edita el primer número de “Selection” una revista literaria de la universidad de Chico State, poco antes de cambiarse a Humbolt State College. En 1961 la revista publica su narración “Las estaciones furiosas” (The Furious Seasons) en su segundo número.

En 1962 la revista Western Humanities Review acepta su “Pastoral”. Al año siguiente termina sus estudios universitarios en Humbolt State Collage, y acepta una beca de $ 500 para continuar sus estudios graduados en el Taller de Escritores de Iowa (Iowa Writers’ Workshop) aunque no llega a completar el año académico. En 1964 su cuento, “Me haces el favor de callarte, por favor” (Will You Please Be Quiet, Please) se publica en la revista December y más tarde es incluido en la antología: “The Best American Short Stories, 1967”.

En la primavera de 1968, se publica su primer libro de poesía: “Cerca de Klamath” (Near Klamath). Dos años más tarde aparece su segundo libro: “Insomnio invernal” (Winter Insomnia) y a finales del mismo año se le concede el National Endowment for the Arts Discovery Award en la categoría de poesía, y la narración “Sesenta Acres” (Sixto Acres) se incluye en el número de 1970 de la revista: The Best Little Magazine Fiction.

La famosa revista Esquire publica en el año 1971 “Vecinos”, y ese mismo año es nombrado profesor visitante de escritura creativa en la Universidad de California en Santa Cruz. Posteriormente da clases también en la Universidad de California en Berkeley. En 1974 publica: “Ponte en mi lugar” (Put Yourself in My Shoes) y al año siguiente aparece su tercer libro de poesía.

En el año 1977 se le concede la prestigiosa beca Guggenheim y su primera colección de cuentos: “Me haces el favor de callarte, por favor” queda nominada para un National Book Award. Publica igualmente: “Estaciones furiosas y otros cuentos” y conoce en Dallas, Texas a Tess Gallagher. Continúa enseñando en distintas universidades de los Estados Unidos y recibiendo todo tipo de premios literarios de enorme prestigio. En 1983 la conocida editorial Knopf publica: “Catedral” (Catedral), y dos años más tarde la famosa casa editorial Random House publica: “Donde el agua se junta con otras aguas” (Where Water Comes Together With Other Water). En el año 1986 Carver edita la colección de los mejores cuentos publicados ese año, y Random House le vuelve a publicar otro libro de poesía.

(Resumen de Luis Larios Vendrell, 2004)

Carver y los setenta.

... Raymond Carver es uno de los primeros escritores norteamericanos que empezó a comprender, durante la década de los setenta, que el “sueño americano” (the American dream) solamente podría abarcar a un sector muy limitado y privilegiado de la sociedad norteamericana.

Raymond Carver se identifica con el hombre (y la mujer) de la clase trabajadora y nos presenta en un estilo minimalista (que es ya en sí una forma de sublevación literaria contra el gusto imperante hasta la fecha) a unos seres que están emocionalmente y económicamente derrotados. Los personajes de Carver están generalmente o bien sin trabajo, o con un empleo que no les llena en absoluto, en unas relaciones humanas inconsecuentes, y sufren varios grados de alcoholismo, así como mala suerte.

Esta actitud de Carver se debe probablemente, además de la situación en general del país, a su propia experiencia personal. Su depresión se agudiza con sus continúas dificultades económicas. Los sueños que quizás hubiera tenido durante su juventud empiezan a evaporarse al hacerse la realidad más y más difícil. Los muchos desplazamientos que Carver y su familia tuvieron que hacer, le impidieron poder establecer raíces permanentes. Esto explica que la mayoría de los cuentos se desarrollan en el interior de anónimas localidades y Carver comienza a descubrir al público americano un segmento de la población que había sido ignorado con anterioridad. Algunas veces sus personajes persiguen un objetivo final (aunque no parece que sea evidente en “Vecinos”) que no podrán alcanzar y, o bien sus sueños y aspiraciones han muerto, o comprenderán que fracasarán indiscutiblemente. Los personajes carverianos pertenecen a una clase social baja, sin estudios universitarios, y con un futuro incierto. Su vida no cuenta para absolutamente nada y se han dado cuenta de eso y el final de las narraciones nos deja pendientes, sin una terminación en el sentido estricto de la palabra. El fracaso en la comunicación entre los personajes es, precisamente, uno de los temas constantes en su narrativa.

En los años ochenta trabajaba en la Universidad de Arizona cuando Raymond Carver daba clases en el departamento de inglés. Es probable que, incluso, hayamos coincidido en el ascensor en alguna ocasión dado que los dos departamentos se encuentran en el mismo edificio.

[Resumen: © Luis Larios Vendrell, 2004]

miércoles 12 de diciembre de 2007

Póngase usted en mi lugar, de Raymond Carver (texto completo)


Cuento enviado por Nelson Cordido



Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sala, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invitó Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento pare cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina.
Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arranco. Siguió pisando a fondo.

Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo pare más tarde. Acababa de terminar una historia y aun no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entro en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la cope y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pago. Brindaron. Myers la miraba ?jamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers.» Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y que me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la case? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.

—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí.» ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—, Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche pare ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quien es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.

—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá pare que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparo en que Morgan le miraba de nuevo ?jamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las ?estas? ¿Qué quieren tomar?
Cualquier cosa —dijo Paula.
Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos porches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige. Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva—. Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo pare escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido—dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en su historia. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en como se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ella unos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echo hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. El, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son sodas pare la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente como Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejo la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Que? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fi?n de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe—le dijo a Paula Mrs, Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tu, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían mas de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y que pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda.» Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa esta aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia mas tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la case pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la case de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de Baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la autentica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi pare escribirla —dijo Mrs. Morgan.
–No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. El y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se aparto del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.

domingo 18 de noviembre de 2007




Algunos datos de Raymond Carver
(USA 1938-1988)
Lectura de el equipo de lectura “El lector interrumpido”:
un cuento de carver, por favor.

Durante algún tiempo, Carver estudió bajo la tutela del escritor John Gardner, en el Chico State College, en Chico, California. Publicó un sinnúmero de relatos en revistas y periódicos, incluyendo el New Yorker y Esquire, que en su mayoría narran la vida de obreros y gente de las clases desfavorecidas de la sociedad norteamericana. Sus historias han sido incluidas en algunas de las más prestigiosas compilaciones estadounidenses: Best American Short Stories y el Premio O. Henry de relatos cortos.
En 1988, fue investido por la Academia Americana de Artes y Letras.

Los críticos asocian los escritos de Carver al minimalismo y le consideran el padre de la citada corriente del realismo sucio. Sin duda era su mejor cuentista, 'quizá el mejor del siglo junto a Chéjov'.
Su editor en Esquire, Gordon Lish, desempeñó un papel decisivo en concebir el estilo de la prosa de Carver. Por ejemplo, donde Gardner recomendaba a Carver usar 15 palabras en lugar de 25, Lish le instaba a usar 5 en lugar de 15. Hay mucha polémica al respecto.
Carver murió en Washington, a los 50 años de edad.


esta página parece ser la primera escrita por Raymond Carver.